Tenía las ojeras hinchadas como bolsas moradas.
La barba crecida, sucia, le cubría la mitad del rostro.
Vestía ropa arrugada, manchada, como un vagabundo que había perdido todo.
El Alfa arrogante de antaño… parecía ahora un lobo callejero.
Apenas lo reconocí.
Sin decir una palabra, giré sobre mis talones y comencé a bajar del escenario.
Pero Diego no lo permitió.
Le arrebató el micrófono al bailarín principal y, frente a miles de personas, gritó con desesperación:
—¡Isabel, te amo!
—¡Estaba enve