Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente descubrí que Elya tenía razón en una cosa.
Nick seguía mirándome.
Intenté convencerme de que era casualidad.
No funcionó.
Cada vez que entraba en el gran salón con una bandeja, sus ojos terminaban sobre mí. A veces solo durante un instante. Otras, el tiempo suficiente para que yo empezara a notar demasiado mis manos, mi forma de caminar o el mechón que se escapaba de mi recogido.
Era incómodo.
Y también otra cosa.
Algo que no sabía nombrar.
—Más recta.
La voz del Alfa me hizo corregir inmediatamente la espalda.
Llevaba toda la mañana especialmente pendiente de mí.
Si colocaba una copa, observaba.
Si cruzaba el salón, observaba.
Si alguien me hablaba, observaba.
No comprendía por qué.
Nick estaba reunido con él, Kael y dos hombres de Colmillo Plateado, hablando sobre rutas que atravesaban el norte. Elya se había sentado cerca con la excusa de llevar unos documentos a su padre.
Yo intentaba ser invisible.
Era buena en eso.
Hasta que una bandeja se inclinó.
No fue culpa mía.
Uno de los jóvenes que ayudaban en el servicio retrocedió sin mirar y chocó contra mi codo. Dos copas cayeron al suelo.
El cristal se rompió.
Todo el mundo miró.
—Perdón —dijo el muchacho rápidamente.
Yo ya estaba agachándome.
—Déjalo.
El Alfa se levantó.
El joven retrocedió.
—He sido yo, Alfa.
—No te he preguntado.
Sus ojos estaban sobre mí.
Mi estómago se encogió.
—Serafine.
—Sí.
—¿Cuántas veces habrá que enseñarte a llevar una bandeja?
Miré los cristales.
—Él ha chocado conmigo.
El silencio llegó antes de que pudiera arrepentirme.
El Alfa bajó despacio la barbilla.
—¿Qué has dicho?
El joven abrió la boca.
—Alfa, de verdad, yo...
—Fuera.
—Pero...
—He dicho fuera.
El muchacho se marchó.
Yo seguía arrodillada.
Las esquirlas brillaban alrededor de mis manos.
—Levántate.
Lo hice.
El Alfa se acercó.
—Desde que llegaron nuestros invitados pareces haber olvidado tu lugar.
Sentí la mirada de Nick antes de buscarla.
No lo hice.
—No, Alfa.
—Primero derramas vino. Después interrumpes conversaciones. Ahora rompes copas.
—No las rompí yo.
Me odié en cuanto terminé la frase.
Algo duro apareció en sus ojos.
—Parece que el Rey te ha dado valor para responder.
Las mejillas me ardieron.
—No.
—Entonces arrodíllate y recoge cada pedazo.
Miré el suelo.
—Sí.
—Con las manos.
Un murmullo recorrió la sala.
Mis dedos quemados empezaron a doler antes incluso de tocar el cristal.
Me agaché.
—Basta.
La palabra llegó desde la mesa.
El Alfa cerró los ojos un instante.
Nick se levantó.
Esta vez no había tranquilidad en su expresión.
—Ha dicho que otro hombre chocó con ella.
—Es una cuestión interna de mi casa.
—La has convertido en una cuestión pública.
El Alfa apretó la mandíbula.
—Serafine necesita disciplina.
Nick miró los cristales.
Después mis dedos.
—¿Disciplina por que alguien choque contra ella?
Nadie hablaba.
Ni siquiera Elya.
El Alfa intentó sonreír.
—No conoces a la muchacha.
—He visto suficiente.
Algo cambió en el rostro del Alfa.
Pequeño.
Peligroso.
—Serafine —ordenó—. Recoge eso.
Nick dio un paso.
—No.
La palabra me atravesó más que cualquier grito.
El Alfa giró hacia él.
—¿Perdón?
Nick señaló a uno de sus hombres.
—Que lo recoja alguien con guantes.
Kael no sonrió, pero casi.
El Rey volvió a mirarme.
—Tú levántate.
No sabía a quién obedecer.
Ese fue el peor momento.
Mis ojos fueron del Alfa a Nick.
El Alfa lo vio.
Nick también.
—Serafine —dijo el Alfa.
La amenaza estaba en mi nombre.
Nick se acercó hasta quedar frente a mí.
No me tocó.
—No voy a pedirte que desobedezcas a tu Alfa.
Su voz era baja.
—Pero tampoco voy a quedarme sentado mientras te obliga a cortarte las manos para proteger su orgullo.
Un silencio terrible cayó sobre el salón.
El rostro del Alfa perdió color.
Nick se había asegurado de que todos entendieran exactamente lo que estaba ocurriendo.
No era disciplina.
Era orgullo.
El Alfa miró alrededor.
Demasiados testigos.
—Claro —dijo finalmente—. No merece la pena detener una reunión por dos copas.
Nick sostuvo su mirada.
—En eso estamos de acuerdo.
Me marché en cuanto pude.
Sentía las piernas débiles.
No miré a nadie.
Ni a Elya.
Ni a Nick.
Pero cuando atravesé la puerta escuché al Alfa continuar la reunión con una voz demasiado calmada.
Y supe, con absoluta certeza, que aquello no había terminado.
Solo había cambiado de lugar.







