Mundo ficciónIniciar sesión—¿Qué hiciste?
Casi dejé caer los platos.
Elya estaba detrás de mí.
Había salido del gran salón sin escucharla acercarse.
—¿Qué?
Ella agarró mi brazo y me obligó a girarme.
No lo hizo con tanta fuerza como para dejar marca.
Elya sabía hacer ese tipo de cosas.
—Con Nick.
La familiaridad con la que pronunció su nombre me hizo parpadear.
—Nada.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
Me soltó.
Su mirada recorrió mi vestido.
Era el mismo marrón de siempre. Limpio porque Mara me había obligado a cambiarme antes de servir, pero viejo. Las mangas estaban remendadas por dentro y el dobladillo había sido rehecho dos veces.
Elya me examinó como si mi ropa fuese una ofensa personal.
—Te miraba.
El calor regresó a mis mejillas.
—No.
—Lo he visto.
—Me preguntó mi nombre.
—Sé perfectamente lo que hizo.
Una puerta se abrió al fondo.
Elya cambió de expresión tan deprisa que me costó reconocer a la mujer que tenía delante.
Sonrió.
—Majestad.
Nick apareció acompañado por Kael, su Beta.
Me aparté de inmediato.
Nick respondió al saludo de Elya, pero sus ojos fueron hacia mí.
Otra vez.
Intenté mirar hacia los platos.
Sentí su atención sobre mi cara.
—Serafine.
Levanté los ojos.
—Majestad.
—Nick.
No comprendí.
Elya sí.
—Majestad es lo apropiado —intervino ella con una sonrisa.
Nick ni siquiera la miró.
—Cuando estamos cenando con veinte personas, quizá. En un corredor prefiero mi nombre.
Tenía la garganta seca.
—No sé si debo.
Una sombra cruzó su expresión.
—¿Quién tiene que darte permiso?
La pregunta parecía sencilla.
No lo era.
Mis dedos se apretaron bajo los platos.
—Tengo trabajo.
Di un paso.
Elya se movió antes.
—Precisamente iba a pedírselo. Mi padre desea que acompañe a nuestros invitados después de la cena y necesito ayuda con unas cosas.
No era verdad.
Lo supe por la manera en que me miró.
Nick también pareció saberlo.
—¿Siempre trabaja tanto?
La pregunta fue para Elya.
—Serafine está acostumbrada. Le gusta sentirse útil.
Me mordí el interior de la mejilla.
Nick me miró.
—¿Te gusta?
Elya dejó escapar una risa suave.
—Claro que sí.
Pero él seguía esperándome a mí.
—Me gusta trabajar —respondí.
—No he preguntado eso.
El pecho me dio un pequeño vuelco.
No estaba acostumbrada a que alguien escuchara las diferencias entre mis palabras.
—No sé.
—¿No sabes si te gusta que todos dispongan de tu tiempo?
La pregunta me incomodó tanto que miré hacia el suelo.
—Nick —intervino Kael.
Fue solo su nombre.
Una advertencia quizá.
El Rey exhaló por la nariz.
—Tienes razón.
No entendí qué acababa de ocurrir entre ellos.
Elya aprovechó el silencio.
—Mañana podríamos enseñarte el lago. La zona occidental es especialmente bonita esta época del año.
—Quizá.
—Podría acompañarte.
Nick inclinó la cabeza.
—Si tengo tiempo.
La sonrisa de Elya se tensó un poco.
Me moví para marcharme.
—Serafine.
Otra vez.
Giré.
—¿Tus dedos?
Miré mis manos.
—¿Qué pasa con ellos?
—Están quemados.
Los escondí contra los platos.
—No es nada.
Nick dio un paso hacia mí.
Mi cuerpo reaccionó antes de que supiera qué hacer con él. Los hombros se me pusieron rígidos, pero al mismo tiempo apareció una sensación extraña en el vientre.
No miedo.
O no solamente.
—Déjame ver.
—Estoy bien.
Sus cejas descendieron.
No parecía acostumbrado a escuchar una negativa.
Yo tampoco estaba acostumbrada a pronunciarla.
—Solo es del horno.
Nick alargó la mano.
Se detuvo antes de tocarme.
Esperó.
Comprendí que me estaba dando la opción.
Despacio, saqué una mano de debajo de los platos.
Él la tomó.
Sus dedos eran grandes y cálidos.
Giró mi mano con cuidado.
El roce de su pulgar cerca de la quemadura hizo que me estremeciera.
Nick levantó los ojos.
—¿Te he hecho daño?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Su mirada permaneció sobre mí.
Sentí que el pasillo se había vuelto demasiado pequeño.
Su pulgar volvió a moverse.
Esta vez lejos de la quemadura.
Sobre la base de mis dedos.
Un contacto ligero.
Innecesario.
Me costó respirar.
Nick también parecía demasiado atento a nuestras manos.
Entonces una sensación extraña recorrió el corredor.
No sabría explicarla.
Como si algo enorme hubiese despertado por un instante detrás de sus ojos.
Sus dedos se cerraron un poco.
Kael levantó la cabeza.
—Nick.
El Rey soltó mi mano.
Tan deprisa que casi pensé que había imaginado lo anterior.
Se pasó una mano por la mandíbula.
—Deberías cubrir esas quemaduras mientras trabajas.
Asentí.
—Sí.
—Y comer.
Mis ojos se abrieron.
—¿Qué?
Una esquina de su boca se movió.
—Llevas toda la noche mirando la comida cuando pasas junto a la mesa.
Quise que el suelo se abriera.
—Yo no...
—Come algo.
—No puedo coger comida de la mesa principal.
Su expresión perdió cualquier rastro de diversión.
Miró a Elya.
Después a mí.
—Entonces hazlo de la cocina.
La vergüenza me calentaba hasta las orejas.
—Sí.
Recogí mejor los platos.
—Buenas noches.
Nick tardó un momento en responder.
—Buenas noches, Serafine.
Caminé hacia la cocina.
No miré atrás.
Esta vez conseguí no hacerlo.
Pero al doblar la esquina escuché la voz baja de Kael.
—Tu lobo está inquieto.
Mis pasos se detuvieron.
Hubo un silencio.
Después Nick respondió algo demasiado bajo para que pudiera entenderlo.
No debería haber escuchado.
Continué andando.
Detrás de mí, Elya tampoco parecía haberse marchado.
Y cuando llegué a la cocina descubrí algo todavía más inquietante.
Seguía sintiendo en la mano el lugar exacto donde Nick me había tocado.







