Mundo ficciónIniciar sesiónEsperó hasta que Nick se marchó a revisar los establos.
Eso fue lo primero que comprendí cuando un guardia vino a buscarme.
—El Alfa quiere verte.
La cocina pareció enfriarse.
Mara levantó los ojos hacia mí.
No dijo nada.
No hacía falta.
Me limpié las manos en el delantal y seguí al guardia.
El despacho del Alfa estaba en la parte más antigua de la residencia.
Madera oscura.
Una ventana estrecha.
El olor constante a cera y humo.
Cuando entré, él estaba de espaldas.
—Cierra.
Lo hice.
La puerta sonó demasiado fuerte.
—¿Sabes lo que has hecho?
Mis dedos se entrelazaron delante de mí.
—No.
Se volvió.
—Me has hecho quedar como un tirano delante del Rey Alfa.
La acusación me dejó inmóvil.
—Yo no...
—¿No qué?
—No le pedí que interviniera.
Su mirada se endureció.
—Pero lo hizo.
No encontraba la respuesta correcta.
Cuando eso ocurría, normalmente significaba que no existía.
—Lo siento.
—Claro que lo sientes.
Se acercó.
—Desde que ese hombre cruzó mis puertas, te comportas de una manera distinta.
—No.
—Me contradices.
—Fue un accidente.
—Lo miras.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Qué?
—No soy ciego.
Sentí calor en las mejillas.
—Yo no hago nada.
—Eso espero.
Dio otro paso.
—Porque no vas a confundir la atención de un visitante con algo que te corresponda.
Bajé los ojos.
—No lo hago.
—Nick puede entretenerse mirando lo que quiera mientras esté aquí. Eso no cambia quién eres.
La frase encontró el lugar exacto donde dolía.
Asentí.
—Sí.
—Dilo.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Dime quién eres.
Me quedé inmóvil.
No comprendía.
Su voz se volvió más fría.
—Una mujer sin familia. Sin apellido. Sin loba. Acogida por la generosidad de esta manada.
Cada palabra cayó despacio.
—Dilo.
Algo se cerró en mi garganta.
—Soy una mujer sin familia.
—Sigue.
—Sin apellido.
—Y.
Mis manos temblaron.
—Sin loba.
El Alfa pareció satisfecho.
—Y estás aquí porque yo permití que permanecieras.
La humillación quemaba de una manera distinta cuando no había testigos.
Peor.
Porque nadie podía intervenir.
—Sí, Alfa.
—A partir de hoy no servirás durante sus reuniones.
Una parte de mí sintió alivio.
Duró poco.
—Trabajarás después de la cena hasta que termines lo que dejaste esta mañana. Almacén, lavandería y establos.
Lo miré.
—Pero ya hice...
Su mano golpeó la mesa.
Di un respingo.
—¿Vas a volver a corregirme?
—No.
—Bien.
Señaló la puerta.
—Y esta noche no cenarás hasta terminar.
Mi estómago se encogió.
No era la primera vez.
—Sí.
Ya tenía la mano sobre la puerta cuando habló otra vez.
—Serafine.
Me detuve.
—El Rey se marchará.
No respondí.
—Y tú seguirás aquí.
Giré ligeramente la cabeza.
Había algo extraño en su voz.
No solo desprecio.
Algo más.
—No olvides dónde está tu hogar.
Salí.
El corredor estaba vacío.
Caminé hasta doblar la esquina.
Solo entonces apoyé una mano contra la pared.
Respiré.
Una vez.
Otra.
No iba a llorar.
No tenía tiempo.
—Serafine.
Me sobresalté.
Nick estaba al otro extremo del corredor.
Se había quitado la capa y llevaba las mangas remangadas. Probablemente acababa de volver de los establos.
Sus ojos recorrieron mi cara.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
La palabra salió por costumbre.
Nick avanzó.
—Mientes fatal.
Tragué.
—Tengo trabajo.
Intenté pasar.
Él se apartó.
No me bloqueó.
Eso me sorprendió.
—Está bien.
Seguí caminando.
—Pero Serafine.
Me volví.
Su expresión había cambiado.
—Si alguien te castiga por algo que yo hice, eso sí es asunto mío.
El miedo me heló.
—No.
Demasiado rápido.
Nick lo notó.
—¿No?
—No ha pasado nada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después miró hacia la puerta del despacho del Alfa.
Y comprendí, demasiado tarde, que mi miedo acababa de responder por mí.







