No me gustaban los caballos grandes.
Nunca lo había dicho porque en Colmillo Plateado había demasiadas cosas más importantes que mis preferencias.
Pero no me gustaban.
Los pequeños eran tranquilos.
Los caballos de trabajo me conocían.
Los de los guerreros eran diferentes.
Demasiado altos.
Demasiado fuertes.
Demasiado conscientes de que podían aplastar a una persona sin querer.
Aquella mañana me enviaron a llevar vendas limpias hasta las caballerizas.
Entré por el lateral.
Había varios hombres t