Esperé el cambio.
No llegó.
Nick no se volvió frío.
No dejó de mirarme.
No hizo ese gesto de decepción que yo conocía tan bien en otras personas.
Seguía apoyado frente a mí con la respiración todavía algo rápida.
Yo tenía la espalda contra la pared y los labios sensibles.
El silencio se hizo largo.
—¿Estás enfadado? —pregunté.
Nick frunció el ceño.
—¿Por qué iba a estarlo?
La respuesta parecía sincera.
Eso me confundió todavía más.
—Porque te dije que pararas.
—Sí.
—Y...
Esperó.
—Eso.
Nick dejó