Mundo ficciónIniciar sesiónElya me encontró antes de la cena.
Estaba colocando copas cuando su voz llegó desde detrás de mí.
—Ven.
No me giré.
—Estoy trabajando.
—He dicho que vengas.
Apreté la copa.
El miedo de siempre apareció.
Pero debajo había otra cosa.
Cansancio.
—Si necesitas algo, dímelo aquí.
Silencio.
Me volví.
Elya tenía una sonrisa que no alcanzaba a su mirada.
—Estás muy valiente últimamente.
—No.
—¿No?
Se acercó.
—Te escondes en habitaciones con el Rey. Te dejas tocar. Ahora decides cuándo obedecerme.
La vergüenza me quemó.
—No estaba escondida.
—Claro.
—Fui a buscar unas bandejas.
—Y casualmente acabaste con su boca encima de la tuya.
—No me besó.
La respuesta salió demasiado rápido.
Elya sonrió.
—Todavía.
No dije nada.
—¿Eso estás esperando?
—Déjame en paz.
Su expresión cambió.
—¿Qué has dicho?
Mi pulso se aceleró.
No podía retirar las palabras.
—Tengo que trabajar.
Intenté pasar.
Elya se colocó delante.
—Mírate.
Sus ojos recorrieron mi vestido.
—Una abandonada sin apellido que de repente cree que un Rey puede quererla.
Sentí el golpe.
No bajé la cabeza.
Eso pareció enfurecerla todavía más.
—Nick es amable contigo porque le das pena.
—No lo sabes.
Otra mala decisión.
Elya se quedó inmóvil.
—¿Ahora lo llamas Nick?
—Él me pidió que lo hiciera.
Lo dije antes de pensar.
Su rostro perdió la sonrisa.
—Por supuesto.
Cogió una copa de vino de la mesa.
—La pobre Serafine. Tan inocente. Tan tímida. Tan incapaz de entender por qué los hombres la miran.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
Se acercó.
—Pones esa cara, bajas los ojos y esperas a que ellos hagan el resto.
—Eso no es verdad.
—¿No?
El vino cayó sobre mi pecho.
Me quedé paralizada.
El líquido frío atravesó la tela clara del delantal y manchó el vestido por debajo.
Elya dejó la copa vacía en la mesa.
—Qué torpe soy.
Miré la mancha.
Después a ella.
Sus amigas rieron detrás.
La humillación me subió hasta la garganta.
—Cámbiate.
—Tengo que servir.
—Precisamente. No querrás aparecer así delante del Rey.
Comprendí entonces que lo había hecho a propósito.
No solo para humillarme.
Quería sacarme del salón.
—Puedo ponerme otro delantal.
—El vestido también está manchado.
Miré hacia abajo.
Tenía razón.
—No tengo otro aquí.
Elya sonrió.
—Seguro que alguien puede prestarte algo.
Quería que desapareciera.
Que Nick no me viera.
Aquello debería haberme dado igual.
No me dio.
—Serafine.
La voz de Mara llegó desde la puerta.
Miró mi ropa.
Después a Elya.
No preguntó.
—Ven conmigo.
La seguí.
Cuando estuvimos lejos, Mara habló entre dientes.
—Algún día esa muchacha beberá su propio veneno.
La miré sorprendida.
—Mara.
—¿Qué? Soy cocinera, no santa.
A pesar de todo, casi sonreí.
Me llevó a una pequeña habitación junto a lavandería.
—Quítate eso.
—No tengo qué ponerme.
Abrió un arcón.
Sacó un vestido.
Era sencillo.
Azul grisáceo.
Mucho mejor tejido que cualquier cosa que yo tuviera.
—Era de mi sobrina.
Lo miré.
—No puedo.
—Puedes y vas a hacerlo.
—Es demasiado bonito.
Mara resopló.
—Es un vestido, Serafine. No una reliquia de Selene.
Lo cogí.
La tela era suave.
—Me quedará grande.
—Pruébatelo.
Me cambié detrás de un biombo.
Cuando salí, Mara dejó de ordenar el arcón.
Me observó.
—¿Qué?
No respondió.
—Mara.
—Nada.
Su expresión se volvió extraña.
—Solo... recógete el pelo de otra manera.
Me toqué el cabello.
—¿Por qué?
—Porque sí.
No entendía nada.
Mara sonrió por primera vez.
—Elya acaba de cometer un error.







