La manada partió con el sol en ascenso, y la luz nueva parecía imponer otra forma de ser: más firme, menos precipitada. Tras la última velada, cada quien había recogido su promesa y su objeto con nombre; la pieza de cordel que Serenya había dejado había sido anudada al asta del estandarte, y la manada la veía como un talismán. Mientras marchaban, la conversación insistía en cosas prácticas: rutas, víveres, personas que aún necesitaban rescate. Pero también había espacio para lo menos urgente: q