8. El peso de la sangre
Luego, sin previo aviso, se acercó un poco más a la cama.
—Elara… hay algo que debes saber —su tono era serio, casi solemne.
Elara frunció el ceño, notando el peso de su voz.
—¿Qué cosa?
Kaya guardó silencio por un momento antes de soltar las palabras con firmeza:
—Estás embarazada.
Elara desvió la mirada hacia el techo, sintiendo el peso de las palabras de Kaya caer sobre ella como un golpe seco. No parecía sorprendida ni confundida. Solo suspiró con resignación.
—Lo sabía —admitió en voz baja