Capítulo 29. El refugio del pecado
La noche aún no terminaba de apagarse cuando dejamos la mansión. El silencio era tan denso que sentí que cada sombra nos observaba. Alejandro no encendió las luces del auto hasta que estuvimos lejos del portón. Sus manos en el volante estaban firmes, pero su respiración lo traicionaba.
Nadie debía vernos salir juntos.
Atravesamos la carretera desierta, con las luces bajas y el sonido del motor como único testigo. Yo iba en el asiento del copiloto, envuelta en una sudadera suya que aún tenía su