Capítulo 28. El filo de la razón y el deseo
El eco de las risas aún flotaba en los pasillos cuando la mansión quedó en silencio. Mariana se despidió temprano, Damon también; la casa se cerró sobre mí como si guardara un secreto que ardía en cada rincón.
Subí las escaleras despacio, pero antes de llegar a mi cuarto escuché el leve crujido de una puerta en el estudio. Una luz tenue se filtraba por la rendija. Mi corazón se agitó. Sabía que él estaba allí.
No lo pensé dos veces. Empujé la puerta y lo vi, sentado tras el escritorio, con una