La escalera estaba fría.
No era el frío penetrante y palpitante de la pista de patinaje.
Era un frío de hormigón.
Inmóvil.
Implacable.
De esos que se te meten en los huesos y se quedan ahí.
Me apoyé contra la pared, abrazándome con fuerza, como si al mantenerme unida pudiera de alguna manera hacer lo mismo con todo lo que llevaba dentro.
Liam estaba unos escalones más abajo.
No demasiado cerca.
Pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su presencia atravesando el frío.
Durante