La oficina de mi padre siempre se sentía más fría que la pista de patinaje.
No por la temperatura.
Por el ambiente.
Ese tipo de frío que se instalaba en el pecho y hacía que cada palabra sonara punzante.
Me quedé de pie frente a su escritorio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo para que no viera cómo se me apretaban.
«Ten cuidado en quién confías, Harper».
Las palabras aún resonaban en la habitación.
Afiladas.
Deliberadas.
Me obligué a mirarlo a los ojos.
«¿Qué se supone que signi