Me dije a mí misma que no bajaría.
Lo repetí como una plegaria.
Como una regla.
Como una barrera más en una vida ya construida sobre demasiadas.
Pero Liam seguía afuera.
Lo sentía.
El peso de su presencia se cernía bajo la luz del porche, paciente e imposible de ignorar.
Durante veinte minutos, me quedé junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando el resplandor borroso a través de la cortina.
No se fue.
Claro que no.
Algo dentro de mí se rompió primero.
Quizás fue la r