22. Sal que cura, sal que hiere
Mariel
La sala ritual huele a piedra mojada, sal negra y resina. El fuego azul de las antorchas proyecta sombras rectas en la pared. Sasha me espera junto al círculo de ámbar. No sonríe. Me mide.
—No improvisamos —dice—. Sigues mis pasos. Si siento que te vas, te saco.
Asiento. No discuto, me dejo guiar. No sé por qué, pero ella me transmite paz. Iraen y Sorel yacen en camillas bajas, separados por una línea de sal. La piel de ambos tiene manchas grises que suben y bajan como si respiraran por