Cuando Victoria llegó a la mansión Thorne, lo primero que hizo fue correr escaleras arriba.
Rosa, la empleada de servicio, siguió sus pasos con atención:
—¿Señora, se encuentra bien? ¿Necesita algo?
Pero Victoria no parecía tener ganas ni ánimo para responder; simplemente le cerró la puerta en la cara y se apresuró a abrir el primer cajón de su escritorio.
Tal como lo había dejado allí hace semanas, se hallaba el sobre con el logotipo de la clínica. Cuando lo recibió, sintió que no hacía falta