Todo el cuerpo de Julieta se quedó rígido. ¿Qué acababa de decir esa mujer?
Victoria sonrió. Su sonrisa no tenía nada de dulce; era despectiva, una mueca cargada de superioridad, como si se burlara del hecho de verla atrapada. Justo como un ratón que ha corrido tanto para ser cazado de la forma más estúpida.
¿Cómo lo supo? No le cabía en la cabeza. No tenía sentido.
—¿Y qué? ¿No dirás nada, querida? —la presionó. Sus ojos parecían exigirle que se opusiera.
—No sé de dónde sacó esa conclusión, s