CAPITULO 9

AMELIA

Entré a mi camerino y ahí estaba otra vez: el aroma dulce de una orquídea blanca, ni siquiera me molesté en leer la tarjeta; la tomé con dos dedos y la eché directo al bote de basura. Era la séptima en una semana, Aaron Kane simplemente no sabía cuándo detenerse. Había bloqueado ya cinco números diferentes, pero el tipo parecía tener un arsenal de teléfonos y una paciencia infinita para el acoso disfrazado de galantería.

—Trescientos dólares a la basura, Amelia —dijo Olivia, entrando con su café—. Ayer te esperó afuera con su deportivo y casi provoca un choque. ¿No vas a ceder ni un poquito?

—Ni un milímetro Oli, ese hombre es un… para que repetir lo que tu y yo sabemos.

Me obligué a concentrarme, pero los nervios me estaban matando, hoy por fin era la cita. Salí de la televisión al mediodía con cuidado de no ver el coche de Aaron y manejé hasta la clínica de fertilidad. Era el paso más importante de mi vida: el inicio de mi propia familia, lejos de hombres, de contratos y de humillaciones. Pero al bajar del auto y caminar hacia la entrada, sentí que el mundo se detenía de la peor manera.

Las puertas se abrieron y Aaron Kane salió de ellas, impecable como siempre, revisando unos papeles. Al verme, su cara de sorpresa pasó a esa sonrisa de suficiencia que tanto odio.

—¿Me estás siguiendo ahora, Amelia? —soltó con una risita—. Solo tenías que aceptar una de mis invitaciones a cenar.

—¿Me sigues hasta una clínica médica, Aaron? —le espeté, hirviendo de rabia—. Esto ya es acoso, déjame en paz de una maldita vez o llamaré a la policía.

Él soltó una carcajada genuina y guardó sus papeles en el maletín.

—Baja el arma mujer de hielo, esta vez la acosadora eres tú. Yo ya estaba aquí por mis propios asuntos y ya me iba, es una coincidencia, aunque bastante afortunada.

Me mordí el labio, sintiéndome estúpida. Intenté pasar de largo, pero me bloqueó el paso con esa agilidad que tiene para invadir el espacio ajeno.

—Amelia en serio, acepta una comida. Permítete conocerme, te juro que no muerdo.

Me detuve y lo miré a los ojos, esos ojos grises que no recordaban el daño que me hicieron.

—No socializo con hombres como tú, Kane. Eres un egocéntrico, un narcisista y un niño rico que piensa que todo en este mundo tiene un precio, pues te aclaro que yo no lo tengo. Sigue con tus modelos huecas y déjame en paz.

Se quedó callado, la sonrisa se le borró y me miró como si estuviera tratando de resolver un acertijo imposible. Aproveché el silencio, lo rodeé y entré a la clínica sintiendo que las piernas me temblaban. Ese hombre era una maldición que no me soltaba.

UN MES DESPUES

Un mes de espera, de ansiedad y de tocarme el vientre rogando que algo hubiera cambiado. Hoy regresé a la clínica por los resultados, mis manos temblaban tanto que el sobre blanco casi se me resbala. Olivia estaba a mi lado, apretándome el brazo, conteniendo el aliento. Abrí el papel y mis ojos se clavaron en la palabra que lo todo cambió: POSITIVO.

—¡Oli, estoy embarazada! —grité, y mi voz salió con una mezcla de risa y llanto.

—¡Lo logramos, Amelia! ¡vas a ser mamá! —Olivia me abrazó tan fuerte que casi me deja sin aire.

Me sentí invencible, por fin tendría a alguien que me pertenecería solo a mí. Ni los Knox, ni el recuerdo de Aaron Kane, ni el rechazo de mi padre tendrían lugar en este nuevo mundo. En mi mente, ese donante anónimo era solo un número, una página en blanco. Fuimos a casa a celebrar, planeando cunas y nombres, la felicidad al fin estaba tocando mi puerta.

Llegué al departamento y me miré al espejo del baño, me subí la blusa y me toqué el vientre, que todavía se sentía igual, pero por dentro todo era diferente.

—Hola, pequeño —susurré—. No sé quién era ese donante, ni me importa. Solo me tienes a mí y te juro que será suficiente.

Me sentí en paz, el anonimato del proceso me daba una seguridad que nunca había tenido, sin embargo, la vida tiene formas muy extrañas de cerrar círculos. Yo creía que estaba escapando de la tormenta, pero en realidad, me estaba metiendo directo al ojo del huracán.

Dr. Thompson

Cerré la puerta de mi oficina con llave y me hundí en mi silla, sintiendo que el sudor frío me empapaba la camisa. Miré a Elena, mi enfermera jefa, que estaba sentada frente a la computadora con la cara blanca, el silencio era insoportable.

¿Ya está hecho? —pregunté con la voz rota.

—Estoy borrando el registro de la muestra del sistema —respondió ella, sin quitar la vista de la pantalla—. Pero doctor, si alguien hace una auditoría...

—¡Nadie va a hacer nada si el error desaparece hoy! —la interrumpí, frotándome las sienes—. Amelia Knox acaba de recibir su positivo, si esa mujer llega a enterarse de que no usamos el donante que ella pagó, nuestra carrera se termina e iremos a la cárcel.

Elena se detuvo, con el dedo temblando sobre el teclado.

—Fue un error humano doctor, las etiquetas eran casi idénticas... la muestra de Aaron Kane acababa de entrar para su procesamiento de seguridad cuando Amelia estaba en la sala. No debían estar en la misma bandeja, pero así fue.

—¡Y ahora ella lleva al hijo de Kane en el vientre! —rugí en un susurro—. ¿Tienes idea de lo que ese hombre nos haría? Nos enterraría vivos bajo demandas millonarias. Si descubre que su semilla terminó en la mujer equivocada, no habrá rincón en el mundo donde podamos escondernos.

Elena tragó saliva y presionó la tecla para borra la evidencia.

—Borra también los videos del pasillo de laboratorios de esa mañana —ordené—. El informe oficial dirá que se usó el donante que ella eligió. Nadie tiene por qué saber que el material genético más custodiado de esta clínica terminó en el lugar equivocado. Para Aaron Kane, su muestra se dañó por un fallo en el sistema de criogenización y tuvo que ser desechada, ya le envié el aviso a su abogado.

—¿Él cree que su muestra se perdió? —preguntó ella.

—Si, así no habrá nada que reclamar, el secreto se muere en esta habitación Elena, por el bien de todos y creo que no tengo que repetirlo, ¿correcto?

Elena asintió y salió.

Me quedé mirando por el ventanal, el destino nos había jugado una broma macabra: Había plantado una bomba de tiempo y lo único que podía hacer ahora era rezar para que nunca explotara.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP