AARÓN
Crucé el umbral del despacho arrastrando a Amelia conmigo. Al vernos entrar, mi abuelo ni siquiera se movió de su silla; nos observaba con una decepción que calaba más que cualquier grito. Sobre el escritorio, el acta de matrimonio parecía un pedazo de basura frente a la pantalla que seguía mostrando el video de mi peor error.
—Siéntate, Amelia —ordenó Mateo, y por primera vez en años, escuché un rastro de remordimiento en su tono—. Aaron, quédate de pie para que no olvides que esta es tu