AMELIA
El trayecto desde la mansión de Mateo Kane hasta el ático se desarrolló en un silencio que me carcomió los nervios. Aarón mantenía las manos firmes sobre el volante, con la mandíbula apretada y la vista clavada en las avenidas de Londres, mientras yo me aferraba a mi bolso, sintiendo que el aire dentro del auto apenas alcanzaba para respirar. En cuanto el ascensor se abrió directamente en la estancia de nuestro departamento, cruce el umbral a pasos rápidos. Escuché el sonido seco de la p