GEORGE
La vi cruzar el salón del brazo de mi primo y por un instante, una chispa de deseo genuino me atravesó el cuerpo. No era la típica modelo plástica con las que Aaron solía exhibirse; Amelia Knox tenía una clase innata, una elegancia fria que te obligaba a mirarla y un magnetismo que encendía la sangre de cualquiera. Pero la ambición en mí siempre ha sido más fuerte que cualquier impulso biológico. De inmediato la evalué con la frialdad de un cirujano: era inteligente, altiva y, sobre todo