AARON
Cerré la puerta de mi despacho y me serví un whisky doble, eran apenas las once de la mañana, pero sentí que el tiempo se me escapaba entre los dedos. Cada segundo que pasaba sin una candidata oficial era un segundo que George aprovechaba para lamerle las botas a mi abuelo. El ruido de la puerta abriéndose me hizo girar, Sebastián entró con un sobre de manila bajo el brazo y una expresión que no lograba descifrar.
—Dime que tienes algo —solté, dejando el vaso sobre el escritorio.
Sebastiá