Llegué a la televisora con el reporte quemándome en el bolsillo y no pensaba esperar una semana para ver a Amelia. Crucé el vestíbulo ignorando los saludos y me dirigí directamente a la zona de camerinos. Al doblar el pasillo, unas voces alteradas me obligaron a detenerme.
—¡No me importa quién te crees que eres ahora! —una mujer de unos cincuenta años, elegantemente vestida, pero con el rostro desencajado por la rabia, gritaba frente a la puerta de Amelia—. Si no te casas con Randy, yo misma m