Capítulo 2
Después de que enviáramos las solicitudes, mis padres nos hicieron una transferencia a cada una. Al abrir la notificación, Isabela se aferró cariñosamente al brazo de mamá.

—Sabía que eres quien más me quiere, mamá.

Como de costumbre, enseguida me preguntó:

—¿Cuánto te transfirió papá?

Consulté el depósito y respondí sin emoción:

—Doscientos dólares.

A Isabela se le iluminó el rostro de felicidad, aunque fingió preocuparse por mí.

—Seguro que mamá y papá temían que gastaras el dinero sin pensar, por eso me transfirieron a mí los dos mil dólares. Si quieres comprar algo, solo tienes que decírmelo.

Mamá le dio un golpecito cariñoso en la nariz.

—¡Ese dinero es tu recompensa por haber obtenido 93 puntos! Gástalo en lo que tú quieras.

Luego volvió la cabeza hacia mí.

—En cuanto a ti, ni siquiera quiero hablar de tus ochenta y tantos puntos. Siempre has sido inferior a Isabela en todo, así que no puedes relajarte cuando empieces la universidad.

Isabela tiró enseguida del brazo de mamá.

—Mamá, Estrella sacó lo suficiente para tener buenas posibilidades de entrar a una universidad. Eso ya es un gran logro. ¡Deja de regañarla!

Se suponía que debía odiar a Isabela. Era tan deslumbrante que todos terminaban prefiriéndola. Sin embargo, aunque las muestras de atención que recibía de mis padres podían contarse con los dedos, Isabela sí me defendía a veces cuando mamá me despreciaba, como acababa de hacer.

Su bondad nunca era del todo sincera, pero su crueldad tampoco era absoluta.

Gabriel sacó dos cajas de regalo con una sonrisa. La rosada era para Isabela y la gris, para mí. Al abrir la mía, encontré un lector electrónico.

Ni siquiera tuve tiempo de emocionarme. Isabela abrazó a Gabriel, eufórica.

—¡Sabía que era tu favorita! No puedo creer que me hayas comprado la tablet de último modelo.

Mateo, que estaba a su lado, añadió con sorpresa:

—Gabriel, ¿gastaste en ella todo lo que ganaste durante tus tres meses de prácticas?

Gabriel acarició con ternura el cabello de Isabela.

—Aunque costara más, igual te la compraría. Después de todo, eres mi hermanita.

Pero yo también era su hermana. ¿Por qué mi regalo de graduación tenía que ser tan barato?

De niña había formulado esa misma pregunta entre lágrimas demasiadas veces. Ahora ya ni siquiera me quedaban ganas de decirla en voz alta.

Guardé de nuevo el lector electrónico en su caja, me levanté y fui a mi habitación.

Isabela preguntó:

—¿Qué te pasa?

Me detuve un instante y respondí que tenía sueño. A mis espaldas, oí la voz irritada de Gabriel.

—Siempre es igual. Se pasa el día con esa cara de funeral. Isa, no le hagas caso y prueba tu tablet.

Mateo se rio por lo bajo y le dio la razón.

—Sí, Estrella tiene un carácter muy raro. Siempre arruina el ambiente.

Cerré la puerta y dejé fuera aquellas risas que me lastimaban los oídos.

No volví a salir hasta la hora de la cena. Mamá había puesto la mesa con esmero. Todos los platos eran del gusto de Isabela.

A mí me gustaba la comida picante. Después de ceder durante dieciocho años, ya no quería seguir haciéndolo.

—Mamá, quisiera comer algo picante.

Ella se quedó perpleja y luego frunció el ceño.

—Cuando eras niña todavía podía perdonarte por ser caprichosa con la comida. ¿Cómo es posible que sigas poniéndote exigente a tu edad? ¿No puedes aprender de Isa? Ella nunca se queja de lo que hay en la mesa.

En ese momento quise decirle que Isabela no se quejaba porque mamá solo compraba y cocinaba lo que a ella le gustaba. Nunca se había interesado por lo que prefería yo. O quizá sí conocía mis gustos, pero no le parecían lo bastante importantes.

Estuve a punto de decírselo, pero volví a contenerme.

¿De qué serviría decirlo? Mamá solo pensaría que estaba haciendo un drama y que siempre buscaba algo que reclamar.

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