El primero en encontrarme fue papá.
Cuando terminó una clase y salí del aula, lo vi de pie en el pasillo. Solo habían pasado dos meses, pero parecía haber envejecido diez años. Casi la mitad del cabello se le había vuelto blanco y la espalda ya no estaba tan erguida como antes.
En cuanto me vio, se le enrojecieron los ojos. Se acercó a toda prisa e intentó tomarme de la mano.
—¡Estrella! ¡Por fin te encontré!
Retrocedí para evitar que me tocara.
—¿Qué haces aquí?
Su mano quedó suspendida en el a