La Gemela que Dejaron Atrás

La Gemela que Dejaron AtrásES

Renata Vásquez  Completo
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Resumen
Índice

Mientras completábamos nuestras solicitudes en el Portal Nacional de Admisiones Universitarias, todos se reunieron alrededor de mi hermana gemela, Isabela Salazar, para ayudarla a decidir a qué universidad postularse. Mi hermano mayor, Gabriel Salazar, señaló en la pantalla la Universidad Nacional de Santa Aurelia. —Obvio que deberías postularte a la mejor universidad. Así podremos estudiar en la misma universidad y yo podré cuidarte. Mi amigo de la infancia, Mateo Ortega, empujó hacia ella el folleto de la Universidad Central de Santa Aurelia. —No le hagas caso a Gabriel. Postulémonos juntos. Así podremos ser compañeros durante los cuatro años. Mis padres sonrieron, encantados. —Qué bueno que vayas a la capital. Si tienes a alguien que te cuide, nosotros nos quedaremos tranquilos. Tardaron bastante en recordar que yo, Estrella Salazar, también acababa de presentar los exámenes nacionales de admisión universitaria. —Como tus calificaciones son bajas, postúlate a cualquier universidad de Santa Aurelia —me dijo mi madre. Sin levantar la cabeza, Gabriel asintió. —Sí. Así estaremos los cuatro en la misma ciudad y podremos reunirnos los fines de semana. Mateo me apuró como de costumbre. —El plazo para enviar las solicitudes termina en media hora. No vayas a distraerte y dejar la tuya incompleta otra vez. Mis dedos se cerraron poco a poco sobre la guía de admisiones.

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Capítulo 1

Capítulo 1

De niños, cuando jugábamos a la casita, Isabela era la princesa a la que todos querían rescatar. Gabriel era el caballero dispuesto a morir por ella y Mateo, el príncipe que superaba todos los peligros para salvarla.

Yo, en cambio, siempre tenía que interpretar a la bruja malvada que todos detestaban.

Al parecer, crecer no había cambiado nada.

Si nadie me quería, elegiría la universidad más alejada de casa. A partir de entonces, habría demasiada distancia entre nosotros como para seguir aferrándome al pasado.

***

Como no respondía, Mateo insistió:

—Isabela y yo ya decidimos postularnos a la Universidad Nacional. Apúrate y manda tu solicitud a alguna universidad de Santa Aurelia.

Clavé la mirada en los 98 puntos que aparecían en la pantalla, pero no sentí la menor alegría. En los exámenes nacionales había obtenido mi mejor resultado hasta entonces. Con ese puntaje, tenía excelentes posibilidades de entrar a cualquiera de las dos prestigiosas universidades que acababan de mencionar.

Sin embargo, cuando terminaron los exámenes, nadie me preguntó cómo me había ido. Cuando publicaron los resultados, tampoco se interesaron por mi puntaje.

Todo porque Isabela salió del último examen llorando desconsoladamente.

—Creo que me fue muy mal. ¿Qué voy a hacer?

Mis padres le dijeron que los exámenes no eran tan importantes. Gabriel hizo un gesto despreocupado con la mano.

—¿Qué te preocupa? Yo trabajaré y te mantendré.

Mateo la consoló con dulzura:

—Por muy mal que te haya ido, seguro obtuviste más puntos que Estrella. Y, en el peor de los casos, los tres podemos prepararnos juntos durante otro año y volver a presentar los exámenes. De paso, tú y yo ayudaremos a Estrella a estudiar.

A sus ojos, yo solo servía para que Isabela brillara todavía más. Ella tenía una belleza delicada y había heredado los mejores rasgos de nuestros padres. Quienes la conocían no podían evitar elogiarla, abrazarla y besarla.

Pero yo tenía un aspecto común. No destacaba ni era bonita. Incluso nuestros familiares y amigos apenas conseguían decirme, con una evidente falta de entusiasmo:

—Qué niña tan obediente.

De pequeña creía que llamarme obediente también era un elogio. Por eso no protestaba cuando mis padres solo le compraban hermosos vestidos de princesa a Isabela; tampoco reclamaba cuando Gabriel regresaba de la escuela con golosinas únicamente para ella.

En esos momentos, mis padres me prestaban un poco más de atención.

—Estrella es una niña muy buena. Sabe cuidar a Isabela.

Al crecer, Isabela y Mateo se alternaban en el primer puesto de nuestra promoción. Yo era torpe, aprendía despacio y siempre quedaba, sin pena ni gloria, entre los primeros cien. Ni siquiera aparecía junto a ellos en el cuadro de honor.

Esta vez, después de tanto esfuerzo, por fin los había alcanzado. Aun así, daban por sentado que seguía siendo la misma Estrella incapaz de hacer nada bien.

No pude contenerme y le pregunté a Mateo:

—Siempre dijiste que la Universidad Central era la universidad de tus sueños. ¿De verdad vas a renunciar a ella?

Él se quedó desconcertado un instante y luego soltó una risa burlona, como si su respuesta fuera obvia.

—¿Qué diferencia hay entre la Nacional y la Central? Lo importante es adónde quiera ir Isabela.

Mateo me había repetido muchas veces que soñaba con estudiar en la Universidad Central. Ahora bastaba con que Isabela dijera que prefería la Nacional para que él cambiara de opinión sin pensarlo dos veces.

De pronto, hasta el último hilo de afecto que aún me ataba a ellos me pareció ridículo.

Sin decir nada, busqué la Universidad de Puerto Azul en la plataforma. Estaba en el extremo sur de Altavera, a mil doscientos kilómetros de casa.

Envié y confirmé mi solicitud sin vacilar ni una sola vez.

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