Mundo ficciónIniciar sesiónMientras completábamos nuestras solicitudes en el Portal Nacional de Admisiones Universitarias, todos se reunieron alrededor de mi hermana gemela, Isabela Salazar, para ayudarla a decidir a qué universidad postularse. Mi hermano mayor, Gabriel Salazar, señaló en la pantalla la Universidad Nacional de Santa Aurelia. —Obvio que deberías postularte a la mejor universidad. Así podremos estudiar en la misma universidad y yo podré cuidarte. Mi amigo de la infancia, Mateo Ortega, empujó hacia ella el folleto de la Universidad Central de Santa Aurelia. —No le hagas caso a Gabriel. Postulémonos juntos. Así podremos ser compañeros durante los cuatro años. Mis padres sonrieron, encantados. —Qué bueno que vayas a la capital. Si tienes a alguien que te cuide, nosotros nos quedaremos tranquilos. Tardaron bastante en recordar que yo, Estrella Salazar, también acababa de presentar los exámenes nacionales de admisión universitaria. —Como tus calificaciones son bajas, postúlate a cualquier universidad de Santa Aurelia —me dijo mi madre. Sin levantar la cabeza, Gabriel asintió. —Sí. Así estaremos los cuatro en la misma ciudad y podremos reunirnos los fines de semana. Mateo me apuró como de costumbre. —El plazo para enviar las solicitudes termina en media hora. No vayas a distraerte y dejar la tuya incompleta otra vez. Mis dedos se cerraron poco a poco sobre la guía de admisiones.
Leer másPasaron cuatro años en un abrir y cerrar de ojos. Al terminar la licenciatura, mi nombre encabezó la lista de admitidos a la maestría de la Facultad de Ciencias Químicas gracias a mi excelente expediente académico.Durante los tres años de maestría obtuve todos los reconocimientos a los que podía aspirar. También publiqué tres artículos en revistas científicas internacionales como primera autora y participé, junto con mi director de tesis, en un importante proyecto de investigación de alcance nacional.Ya no era el patito feo que se escondía en un cuarto de depósito y se conformaba con los pedazos menos dulces de la sandía con tal de recibir un poco de atención de mis padres. Por fin tenía alas lo bastante fuertes para volar lejos de allí y encontrar un cielo inmenso que me pertenecía.Mis ingresos de los trabajos de medio tiempo ya bastaban para cubrir todos mis gastos académicos y cotidianos. Incluso podía darme el lujo de ir de vez en cuando a un restaurante junto al mar y disfrutar
Sin prestarle atención, me agaché y recogí las naranjas una por una. Después levanté la cabeza para mirarlo.—¿Qué quieres que entienda? Fui una hija obediente durante dieciocho años. Lo único que hice fue elegir la universidad que me gustaba. ¿Qué tiene eso de malo?Mi pregunta dejó a Gabriel sin respuesta. Avergonzado y furioso, me señaló con el dedo.—¡Eres egoísta y no tienes corazón! Nunca le caíste bien a nadie, ni siquiera de niña, y cada día estás peor. Por tu culpa, Isa ni siquiera logra concentrarse en sus clases. ¿No te remuerde la conciencia?—Ese es su problema.Recogí la bolsa y me dirigí hacia la entrada sin volver la cabeza.—Y si vuelves a quitarme algo por la fuerza, llamaré a la policía.Gabriel gritó detrás de mí, pero al final no se atrevió a seguirme.El tercero fue Mateo. Llegó durante un fin de semana lluvioso.Al salir de la biblioteca abrí el paraguas y vi una silueta inmóvil al otro lado de la cortina de agua. Mateo estaba empapado; el cabello revuelto se le
El primero en encontrarme fue papá.Cuando terminó una clase y salí del aula, lo vi de pie en el pasillo. Solo habían pasado dos meses, pero parecía haber envejecido diez años. Casi la mitad del cabello se le había vuelto blanco y la espalda ya no estaba tan erguida como antes.En cuanto me vio, se le enrojecieron los ojos. Se acercó a toda prisa e intentó tomarme de la mano.—¡Estrella! ¡Por fin te encontré!Retrocedí para evitar que me tocara.—¿Qué haces aquí?Su mano quedó suspendida en el aire. Forzó una sonrisa conciliadora.—Estrella, vuelve a casa conmigo. Tu madre llora todos los días. De tanto llorar, va a terminar ciega. Isa tampoco puede concentrarse en nada. La casa es un caos.Lo miré con frialdad.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?—¿Cómo puedes decir algo así? —exclamó papá, alzando la voz—. ¡Esa es tu familia! Además… te fuiste con tanta prisa que dejaste en casa tus cosas y otros documentos importantes. Tendrás que volver por ellos.Solté una risa breve.—No los neces
El tren avanzaba rumbo al sur. Por la ventana, las extensas llanuras del norte fueron dando paso a una sucesión de colinas y a un verde cada vez más intenso.Recostada contra el rígido asiento del vagón, contemplé el paisaje que desfilaba tras la ventanilla y sentí una ligereza desconocida. Era como si por fin hubiera arrancado una espina que llevaba dieciocho años clavada en el corazón. La herida había sangrado un poco, pero al menos ya no seguiría infectándose.En agosto, el aire de Puerto Azul llevaba la humedad y el aroma del mar. Cuando salí de la estación arrastrando mi maleta, un estudiante voluntario de la universidad, avisado de mi llegada, ya me esperaba afuera.—¿Eres nueva? ¿A qué facultad vas?Se acercó con entusiasmo.—A la Facultad de Ciencias Químicas.—¡Ah, Ciencias Químicas! Ahí va a estudiar la chica que obtuvo el puntaje más alto. Ven, el autobús de la universidad está por aquí.Había conseguido autorización para instalarme en la residencia estudiantil dos semanas a
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