Mundo ficciónIniciar sesiónEl día en que mis padres se divorciaron, caía un aguacero. Sobre la mesa había dos opciones: una era quedarme en el barrio viejo con papá, adicto al juego y hundido en deudas; la otra, irme a la ciudad costera con mamá, que estaba por volver a casarse con un magnate. En mi vida pasada, mi hermana menor, Elena Aguilar, lloró y armó un escándalo porque quería irse con mamá. Yo, en cambio, tomé mi bolsa de viaje en silencio y me fui con papá. Después, papá dejó el juego y se hizo rico gracias a un proyecto de demolición y renovación urbana. Me consintió como si yo fuera su tesoro más preciado. Pero Elena, en casa de su padrastro, soportó malos tratos en silencio. La tenían encerrada, y al final murió consumida por la depresión. Esta vez, después de renacer, Elena le quitó el cigarro de la mano a papá y se abrazó a él con fuerza. —Martha, se me rompe el alma ver a papá así. Tú vete a disfrutar de la buena vida. Yo me quedo con él. Papá se quedó atónito por un instante y enseguida le acarició la cabeza, aliviado. Yo no dije nada. Solo elegí irme a la ciudad costera. Lo que ella no sabía era que, en mi vida pasada, papá solo pudo dejar el juego porque yo, aun con un tumor cerebral, me desviví para pagar sus deudas, hasta acabar vomitando sangre. Fue mi vida la que lo sacó del abismo.
Leer másMi cuerpo se iba deteriorando cada vez más. Se me empezó a nublar la vista. Cada vez me costaba más distinguir los rostros. Solo podía reconocer a la gente por la voz.Mamá lloraba todos los días; tenía los ojos tan hinchados que parecían duraznos.Empezó a aferrarse a la religión.Todos los días recitaba pasajes sagrados en la habitación, diciendo que lo hacía para pedirle a Dios que me bendijera.Yo escuchaba aquellas plegarias y solo me sentía más irritada.—Mamá, ya no reces —dije.—Si de verdad Dios me estuviera mirando, no me habría dejado pasar por todo esto.Mamá se quedó inmóvil. El libro sagrado se le cayó al suelo.—Martha…—Quiero comer pozole —la interrumpí.—Sí, sí, claro. Voy a preparártelo enseguida.Mamá recogió el libro a toda prisa y salió corriendo.Yo sabía que ya no podía comer; solo quería apartarla un rato. Quería quedarme en silencio.En la habitación solo quedamos Víctor y yo.—Víctor —lo llamé.—Aquí estoy.Con el dedo, escribió unas palabras sobre mi palma.
Mamá se derrumbó. Me miró, lanzó un grito desgarrador y se desmayó.La casa se volvió un caos.Víctor llamó a una ambulancia.Se llevaron al hospital tanto a mamá como a Elena.Yo también fui, porque volví a sangrar por la nariz, y esta vez no había forma de detenerlo.El médico me atendió de urgencia.Me taponaron la nariz con algodón, así que solo podía respirar con la boca abierta.En la habitación, mamá despertó.Se sentó junto a mi cama y, al ver el informe médico, rompió a llorar como si le estuvieran arrancando el alma.—¿Por qué? ¿Por qué pasó esto? Eres tan joven… ¿Por qué no me lo dijiste antes? Me equivoqué… de verdad me equivoqué…Me agarró la mano y me la dejó empapada de lágrimas y mocos.La miré, y por dentro no sentí nada.—Mamá, ya no llores —dije, con la voz gangosa—. Haces mucho ruido.Mamá se tapó la boca de inmediato, sin atreverse a hacer ni un sonido, pero las lágrimas le siguieron cayendo sin parar.Elena estaba sentada en la cama de al lado. Después de curarle
—El médico dijo que, si no se hace nada, en cualquier momento podría…No terminó la frase, pero yo lo entendí: podía morirme en cualquier momento.—Qué bien —esbocé apenas una sonrisa—. Esto va más rápido de lo que pensaba.Víctor me vio sonreír, y en sus ojos asomó una tristeza difícil de ocultar.—Martha, apenas tienes dieciocho años.—¿Y eso qué? Hay gente que vive hasta los ochenta y no es más que un cadáver andante. Yo ya viví dieciocho años. Es más que suficiente.En ese momento, abajo se armó un alboroto.Se oía la voz de mamá y también unos gritos entrecortados por el llanto.—Mamá, no quiero vivir, ya no quiero vivir.Era Elena.Fruncí el ceño.Víctor se puso de pie.—Quédate acostada. Voy a bajar a ver qué pasa.—Yo también voy.Aparté la cobija.—Tú…—Quiero verlo.Quería ver en qué la había convertido la vida esta vez.Víctor no me detuvo.Me sostuvo del brazo y bajamos despacio por las escaleras.La sala era un desastre.Elena estaba de rodillas en el piso, molida a golpes
—No voy a suplicarle —dije.La bofetada me dio de lleno en la cara.La cabeza se me fue de lado y me zumbaron los oídos.En ese momento, desde la puerta se oyó una voz glacial.—¿Quién te dio permiso de pegarle?Víctor estaba ahí, con el rostro tan sombrío que daba miedo.Mamá entró en pánico al instante.—Vi… Víctor, ¿cuándo volviste?Víctor entró a la habitación, se fijó en mi mejilla enrojecida y luego lanzó una mirada al libro tirado en el suelo.—Esos cinco mil dólares los pongo yo —dijo de pronto.A mamá se le iluminaron los ojos.—¿De verdad? Gracias.Levanté la cabeza de golpe para mirarlo.Pero Víctor no miró a mamá; solo me miró a mí. En sus ojos había una advertencia velada que solo yo podía entender.—Considéralo el precio de un poco de paz.Se agachó, recogió el libro del suelo, le quitó el polvo con la mano y lo dejó sobre la mesa.—Además, quiero ver hasta dónde llega Elena después de recibir ese dinero, qué otro desastre es capaz de armar junto con tu padre. A veces, da
Último capítulo