El tren avanzaba rumbo al sur. Por la ventana, las extensas llanuras del norte fueron dando paso a una sucesión de colinas y a un verde cada vez más intenso.
Recostada contra el rígido asiento del vagón, contemplé el paisaje que desfilaba tras la ventanilla y sentí una ligereza desconocida. Era como si por fin hubiera arrancado una espina que llevaba dieciocho años clavada en el corazón. La herida había sangrado un poco, pero al menos ya no seguiría infectándose.
En agosto, el aire de Puerto Azu