114. La electricidad
Ha-na estaba encantada y como poseído por el espíritu de la lujuria. Sus ojos oscuros resplandecieron ante la fortaleza y las palabras de Heinz. En serio, ese hombre le fascinaba cada vez más, aunque al principio lo hubiera odiado. Estaba loca por el chico con el que había hecho un contrato de besos, pero que había trascendido al acto cúspide que podían hacer los amantes. Se colocó encima de Heinz, su cuerpo desnudo y radiante bajo la tenue luz de la habitación. Desde esa posición, podía ver su