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En la cafetería cerca del hospital, el señor Herrera finalmente volvió a ver a Elise tras meses de separación. Se veía aún más frágil de lo que él recordaba: la piel casi fantasmal, los delicados huesos de su rostro marcados por mechones finos y ya canosos, los ojos oscuros y hundidos, como si las sombras se hubieran adueñado de ellos. Un punzante sentimiento de culpa y preocupación

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