ELENA
—¡Igor! —llamé, mi voz quebrada por la ansiedad—. ¡Igor, hijo! ¿Dónde estás?
Silencio. Mi corazón martilleaba con fuerza, y el frío de la preocupación se extendía por mi pecho.
Traté de escuchar, de captar cualquier sonido que indicara dónde estaba. No podía soportar la idea de que algo le hubiera pasado.
—¿Igor?
De repente, pasos firmes se acercaron hacia mí.
Supe de inmediato que era Dante; reconocería su presencia en cualquier lugar.
—Elena, tranquila, —dijo con voz grave y calmada.