ALARIC
El sonido metálico de las llaves girando en la cerradura me sacó del trance. Había pasado tanto tiempo en la penumbra de la celda que el ruido me resultó casi ensordecedor.
La puerta se abrió con un chirrido, y la figura de Dante se recortó en el umbral. Su olor, mezcla de madera y rabia contenida, llegó a mí antes que sus palabras.
—Levántate, Alaric.
Su voz era tan cortante como una hoja recién afilada. Me puse de pie lentamente, cada movimiento calculado. No iba a mostrar debilidad,