ELENA
El gran día llegó.
Mi habitación estaba cargada de perfumes florales y murmullos nerviosos, mezclados con el sonido tenue del viento que golpeaba contra las ventanas.
Sentada en el tocador, con mis dedos entrelazados sobre mi regazo, sentía cada movimiento a mi alrededor, cada pequeño tirón del corsé, cada paso ligero sobre la alfombra.
—Está perfecto, mi señora, —dijo una de las chicas
Sonreí, aunque no podía ver el reflejo que me devolvía el espejo. Mi vida iba a cambiar, y con ello,