Justine observó la palidez de su exesposo, como si el color de la vida se hubiera escurrido de su rostro. El ambiente circundante era un murmullo de voces bajas y ansiedad.
—No puedo dejarte en este estado —insistió Justine, procurando conservar la calma mientras miraba al hombre debilitado.
Los ojos azules de Harrison se veían más profundos y oscuros, delatando una debilidad que no podía disimular.
—Pídele a tus guardaespaldas que te lleven a casa.
Intentó mantenerse erguido, pero su cuerpo te