Mundo ficciónIniciar sesiónJustine observó la palidez de su exesposo, como si el color de la vida se hubiera escurrido de su rostro. El ambiente circundante era un murmullo de voces bajas y ansiedad.
—No puedo dejarte en este estado —insistió Justine, procurando conservar la calma mientras miraba al hombre debilitado. Los ojos azules de Harrison se veían más profundos y oscuros, delatando una debilidad que no podía disimular. —Pídele a tus guardaespaldas que te lleven a casa. Intentó mantenerse erguido, pero su cuerpo tembló levemente. —¡No! —dijo con vehemencia—. Me quedo aquí hasta tener noticias de mi hijo. —Su voz ronca era casi inaudible. Resultaba irónico verlo llenarse la boca al decir «mi hijo», después de haber rechazado a Bryan cuando aún estaba en el vientre de su madre. Habían pasado siete años, y Kevin, con todo su orgullo y distanciamiento, estaba reconociendo la importancia de su heredero, aunque de una manera dolorosamente tardía. Justine estaba tan concentrada en intentar ayudar como en controlar su propia angustia. El desasosiego en su mente se reflejaba en la forma en que sus ojos exploraban la sala, buscando alguna señal de asistencia. Los guardaespaldas, imponentes y silenciosos, estaban en alerta, pero había una cierta reticencia en sus movimientos. Ella sabía que eran leales a su jefe, mas no se acercaban, pues su terco patrón los repelía. De repente, como si su cuerpo ya no pudiera soportar tanta debilidad, Kevin flaqueó. Sus rodillas cedieron y su cuerpo comenzó a desplomarse. El pánico se apoderó de Justine al extender la mano para sujetarlo. Sus brazos eran débiles comparados con la masa muscular y el robusto armazón que colapsaba ante ella. Su intento por sostener al colosal hombre fue en vano. Kevin se desplomó, y Justine luchaba por sostenerlo. El sonido del impacto y los pasos apresurados de los dos guardaespaldas se fundieron en una cacofonía de caos. Momentos después, Justine dejó a su exmarido con los de seguridad y salió a buscar ayuda. —¡El señor Harrison se desmayó! —le dijo a una enfermera que iba pasando. La enfermera llegó con una rapidez sorprendente. Con ojo experto, comenzó a examinar a Kevin, comprobando sus signos vitales y haciendo las preguntas necesarias mientras coordinaba la respuesta de emergencia. —¡Necesitamos una camilla aquí! —dijo la enfermera—. ¡Preparen el traslado del paciente a urgencias de inmediato! Justine se quedó al otro lado del pasillo mientras el equipo de emergencia se movilizaba. En menos de dos minutos, Kevin fue colocado cuidadosamente en la camilla y transportado por el largo pasillo. —Mantenga la calma. Haremos todo lo posible para ayudar a su marido —dijo la enfermera mientras se detenía junto a Justine, quien aún estaba en shock. —Él no es mi marido. —Su voz flaqueó al recordar que Kevin estaba comprometido con otra mujer. Sus pensamientos divagaron mientras pensaba en el pequeño Bryan y en la complejidad que el regreso de su exesposo traería a partir de ese día. Su hijo se había convertido definitivamente en la debilidad de su exmarido. —¡Señora Delacroix! —llamó la voz del doctor Spina. —¿Cómo está mi hijo? Por favor, dígame que Bryan está bien; no puedo vivir sin mi hijo, doctor —dijo Justine sin pausa. —Detuvimos la hemorragia —explicó el doctor que estaba al lado del doctor Spina—. Bryan está recibiendo una transfusión de sangre, pero aún necesita cuidados. —¿Puedo ver a mi hijo, doctor? —Había lágrimas en sus ojos en el momento en que Justine preguntó. —Claro, sígame, señora Delacroix. ❛ ━━━━・❪ ❁ ❫ ・━━━❜ El sonido de la tormenta retumbaba por toda la habitación. Lentamente, Kevin despertó. Sus ojos entornados vislumbraron la luz halógena que colgaba sobre su rostro, luego deambularon por la sala con sus muebles blancos y paredes del mismo color. La enfermera de baja estatura entró por la puerta y examinó la bolsa de suero y la vía intravenosa en el brazo de Harrison. —¿Cómo se siente, señor Harrison? —susurró la pregunta la enfermera. —Sobreviviré —replicó él en un susurro áspero. —¡Me alegra! Si necesita algo, no dude en llamarme. —La enfermera sonrió y luego se fue. Kevin estaba a punto de arrancarse los dispositivos conectados a su cuerpo y largarse de aquel sitio. No tenía intenciones de pasar la noche en esa fría habitación. La puerta rechinó y su oído captó la voz de Justine pidiéndole al guardaespaldas que la dejara pasar. —Está durmiendo, no se demore mucho y no despierte al jefe. Tan pronto como el guardaespaldas dejó entrar a su exesposa, Kevin enterró la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Inocentemente, Justine dio unos pasos cautelosos, cuidando de no despertarlo. Continuó observándolo; se veía tan hermoso y sereno cuando dormía. Esa imagen de un hombre calmado distaba mucho del CEO presuntuoso, casi arrogante, con el que había tenido una discusión horas antes. —Gracias por salvar a mi hijo —susurró ella. No podía ofrecer más que gratitud. Justine dio unos pasos hacia atrás antes de darse la vuelta. En cuestión de segundos, Kevin extendió la mano y le tocó el brazo, atrayéndola hacia él.






