Piensa en mi propuesta

Kevin movió los labios despacio, y al comienzo, ningún sonido salió de su boca hasta que preguntó:

—¿Cómo sigue Bryan?

—La doctora Spina dijo que detuvo la hemorragia, pero todavía está en cuidados intensivos, recibiendo la sangre que donaste.

—Solo hice lo que pude para salvar la vida de mi hijo —replicó Kevin en un tono neutro, recuperando la compostura mientras ajustaba su espalda en la almohada—. Haré todo lo que esté a mi alcance para asegurarme de que los mejores doctores lo atiendan y le den la vida que se merece.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Justine con incredulidad.

—Como sabes, ya solicité el traslado de mi hijo al hospital de Turín. De hecho, planeo criar a mi hijo en mi casa, que es donde él pertenece.

Su mente no encontraba las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Justine necesitó otros quince segundos para superar su incredulidad, y Kevin tomó ese largo silencio como un estímulo para seguir:

—Pronto voy a casarme, y me encantaría cuidar de mi hijo junto a mi futura esposa.

Justine frunció el ceño, sintiendo que su rostro ardía por la rabia que la consumía.

—No puedo creer que esté escuchando esto del hombre que rechazó a su propio hijo antes de que naciera. —Su exasperación creció mientras se desahogaba—. Nunca te importó, Bryan... y solo creíste que era tu hijo porque heredó un tipo de sangre raro como el tuyo —dijo ella.

—¡Suficiente! —exigió la voz profunda—. El futuro de Bryan será mejor conmigo.

—¿De verdad crees que voy a creer esta muestra de afecto? —Justine se cruzó de brazos.

—Puedo perdonarte la deuda y pagarte una buena cantidad para que retomes tu negocio. Solo renuncia a la custodia de Bryan y no armes un escándalo. ¿Cuál es tu precio, Justine?

—Mi hijo es todo lo que tengo —respondió ella con vehemencia.

—¡Terminemos con esto! —gritó sin ninguna emoción en su rostro—. ¿Cuánto dinero quieres para evitar una batalla legal innecesaria?

—No quiero tu dinero. Bryan debe estar conmigo.

—Piensa en mi oferta, Justine. Debes tener veintisiete años y vives en un cuchitril a las afueras de Milán. Tienes dos trabajos y apenas te queda tiempo para cuidar de Bryan.

—¡No permitiré que me quites a mi hijo! —alzó la voz.

—¿Quieres pelear por la custodia de Bryan en la corte? —Sus labios se estiraron en una sonrisa—. ¿Qué juez le daría la custodia de un niño a una madre sin un peso como tú? —preguntó groseramente—. Dejas a nuestro hijo con una vecina cuando vas a trabajar y estás viviendo en un lugar inhóspito.

Era claro que su asistente había investigado todo sobre ella durante los últimos siete años. El señor Kevin Harrison no perdía el tiempo cuando se trataba de asuntos de su interés.

Justine pudo haberse enfrentado a procedimientos legales para exigir una prueba de paternidad para su hijo hace unos años, pero le daba miedo que Kevin utilizara medios poco éticos para quitárselo. Si no pudo hacerlo hace años, imagínese ahora que Kevin llevaba la ventaja. No tenía dudas de que los abogados de su exesposo usarían el accidente y su situación financiera para probar que el niño no estaba seguro bajo el cuidado de su madre y que sería mejor darle la custodia de Bryan a su padre.

—Piensa en mi propuesta, Justine. —El tono grosero de Kevin interrumpió sus pensamientos—. Puedes volver a París, abrir un nuevo estudio de moda y convertirte en una gran diseñadora —dijo Kevin con frialdad—. Tal vez encuentres otro marido y rehagas tu vida allá. —La sonrisa desapareció de su rostro al terminar de hablar.

Justine inhaló y exhaló, sintiéndose rota, atrapada entre el odio y la humillación alimentados por su exesposo.

Aquel director ejecutivo no era la persona cariñosa que hacía todo por ella. No podía discernir si, en los meses que estuvieron casados, Kevin había usado una máscara que ocultaba tanta arrogancia, o si tal vez se había vuelto grosero e insensible porque creía que ella le había sido infiel.

—¡Ya te dije que no quiero tu dinero! —replicó Justine con indignación—. De hecho, no quiero nada de ti. Como prometí, regresaré a Francia tan pronto como Bryan reciba el alta del hospital.

—No vas a dejar este país con mi hijo.

—Eso ya lo veremos —dijo, dándole la espalda a su exesposo.

De repente, él la haló de nuevo hacia sí. Sus rostros quedaron tan cerca que ella pudo sentir el aire cálido de la pesada respiración de Harrison acariciando su piel. Su corazón se aceleró, y no podía entender el extraño encanto que sentía. «¿Quedaría algún sentimiento persistente por ella?» La forma en que la sostenía le recordaba los momentos en que Kevin la envolvía con cariño entre sus brazos. No, no era amor, ¡no podía ser! Kevin estaba a punto de casarse con Beatrice.

No obstante, era imposible ignorar la manera en que la acunaba en su brazo derecho.

Los ojos azules de Kevin se enfocaron en sus labios color cereza, lo que evocó los besos ardientes y ávidos durante el sexo vigoroso en noches calientes, cuando sus cuerpos se unían con lujuria. La puerta se abrió, y Kevin la soltó rápidamente.

—¿Qué está pasando aquí? —Las pupilas dilatadas de Beatrice se fijaron en los dos.

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