Mundo ficciónIniciar sesiónKevin continuaba con la mano en el interior de sus muslos, jugueteando en su clítoris con una caricia ansiosa, dejándola aún más empapada.
— Calentica y mojada, como me gusta—siseó antes de besarla. — ¡Ay, Kevin! —Justine susurró su nombre al escuchar que él abría la cremallera del pantalón—. ¿Y si entra alguno de sus empleados? — ¡Qué hielas! —replicó con una grosería y, de inmediato, frotó su robusto miembro en medio de sus piernas—. Quiero y voy a seguir tirando con mi mujer... —vociferó, exasperado. — Tengo miedo de que Doña Laura venga y... Excitado, él silenció a Justine al poner sus labios contra los de ella. Aunque estaba aprehensiva, a ella la consumía el calor que se intensificaba donde él friccionaba su hendidura. Los besos y toques ávidos del señor Harrison alborotaron el deseo. La intensidad de aquel beso mezclada con la forma brusca de Kevin aceleraba sus latidos. — ¡Métalo! —gimoteó ella. Empuñando la extensión dura, el señor Harrison se encajó y empujó de una vez, haciéndola arquear con cada centímetro que la llenaba. — ¿Eso es lo que quiere, resabiada? —la haló hacia su cintura al embestir contra su pelvis. Los dedos se enredaban en su cabello, obligándola a mantener el contacto visual. Manteniendo la cadencia, Kevin golpeaba contra la cuca mojada. — ¡Eso, fóllame! —la boca en forma de una pequeña “O” pedía con cada gemido. Los brazos musculosos la alzaron y, luego, la bajaron, llenándola de nuevo mientras el pene robusto se acomodaba a las paredes calientes que lo acogían. Los ganchos de ropa caían a medida que los cuerpos agitados se movían en la búsqueda desenfrenada de placer. Las piernas de ella lo enlazaron, trayéndolo hacia adentro de sí. La sangre estaba tan caliente que Kevin no era capaz de sentir los rasguños provocados por el roce de la punta del tacón de la sandalia que seguía rozando su cintura. Alzando el rostro, encontró la cara de la lujuria estampada en el semblante de la mujer que gemía. Los dedos de él retorcían los mechones de su nuca, echando su cabeza hacia atrás y, entonces, la lengua se deslizó por sus labios entreabiertos en un beso más profundo. Poseído por la calentura, el cuerpo masculino se movió con más fuerza, provocando ruidos durante la incesante unión de sus sexos. Su musculatura se endureció, volviéndose extremadamente sensible. Era incapaz de resistir las estocadas de la verga grande, desgarrándola más y moviéndose en un vaivén alternado con contoneos. La temperatura de sus cuerpos aumentó, volviéndose insoportable. — ¡Ay, Dios mío, ya casi! —los griticos femeninos se apoderaron de aquel ambiente lleno de ropa, zapatos y accesorios de marca—. ¡Ah! —gimió, sintiendo el latido de sus paredes alrededor de él. Las piernas del Señor Harrison empezaron a flaquear. Se vino y siguió golpeando la pelvis contra la cuca caliente que lo apretaba. Clavando los dientes en su hombro, descargó todo el semen, embadurnándola. Su cuerpo temblaba ante el placentero orgasmo. La respiración entrecortada de Kevin acariciaba su piel en el segundo en que él posó el rostro entre su hombro y el cuello, relajándose en busca de aire. Justine sintió el abandono repentino cuando el cuerpo se enfrió. Había una leve molestia donde él mordió y pasó la barba por su piel, pero prefirió no quejarse. Poniéndola en el suelo, Kevin se alejó despacio, pero no la soltó. Las piernas aún le temblaban mientras Justine se equilibraba en las sandalias altas. — Debería quitarse eso... —mencionó él, mirando el calzado. — No se preocupe, puedo quedarme parada —replicó, confiada. Inesperadamente, él la soltó y se distanció todavía más. Justine tambaleó, pero apoyó la mano en la pared para mantener el equilibrio. — Voy a darme un duchazo y a cambiarme esta ropa... —miró el pantalón mojado por el líquido del placer de su esposa. Girándose hacia la salida, dio unos pasos. — ¡Kevin! —jadeó al llamarlo—. Extraño al hombre cariñoso del que me enamoré. Mirándola por encima del hombro, él permaneció en silencio por casi treinta segundos. — Usted destruyó a ese hombre... nada será como antes. Voy a seguir tirando con usted, pero no puedo volver a amar. — ¿Va a seguir tratándome diferente? —ella tomó una de las blusas largas de seda rosa y se la puso, pero dejó los botones abiertos—. ¿Se conforma solo con cogerse a una mujer en vez de darle una nueva oportunidad al amor? — Depende, si estamos hablando de usted, entonces solo quiero sexo. — Entonces, ¿por qué aceptó casarse conmigo otra vez? Él bajó la mirada hacia el pene que se encogía y lo guardó en el pantalón antes de subir la cremallera. — ¿Soy solo un cuerpo caliente para que usted se relaje? —poseída por la tensión, ella siguió interrogando. — Primero, no quería ver a mi hijo llorando por la falta de su mamá y, segundo, usted hizo la propuesta y yo acepté el bendito acuerdo —girándose despacio, la miró fijamente a los ojos—. Esperaba casarme con una mujer que fuera digna de mi apellido y, tal vez, de mi amor —enfatizó y carraspeó después. — ¿Está queriendo decir que no soy de su posición social? —preguntó mientras cerraba algunos botones de la tela lisa, cubriendo su desnudez. — No me importa eso —apretando los labios, negó con la cabeza—. Lo que me talla es que usted no es confiable, Justine. Siempre ataca cuando se siente acorralada, tal como hizo con mi prima, y después hace de cuenta que no pasó nada —la criticaba sin hacer pausas—. Debí haberme casado con una mujer fiel y con principios morales. — ¿Me va a decir que tenía otra pretendiente además de Beatrice? — Exactamente —afirmó, resuelto. — ¿Amaba a esa mujer? —curiosa, se atrevió a preguntar. — Dese un baño y póngase una ropa decente para el almuerzo... —cambió el tema y retomó el camino a la salida del clóset. — Aún no ha respondido mi pregunta. — No voy a hablar de eso con usted, Justine —salió, dejándola todavía más achantada. Por un momento, pensó en ir tras él y seguir discutiendo hasta descubrir quién era esa tal mujer... «¿Será que era la prima?» El subconsciente alborotaba su ansiedad. «¡No, eso es un absurdo!» Intentó convencerse mientras se quitaba las sandalias. Indignada, Justine caminó hasta cruzar la puerta del clóset y llegar al cuarto. Los pies descalzos golpeaban contra el piso con cada paso que la llevaba hasta la puerta entreabierta del baño. El vapor del agua tibia empañaba el vidrio de la ducha, donde las gotas caían sobre la cabeza y se deslizaban por el cuerpo musculoso del hombre que se enjabonaba. — ¡Esta conversación no se ha terminado! —declaró la voz femenina con vehemencia. Pasándose las manos por la cara para quitarse el exceso de espuma del jabón, el señor Harrison entrecerró los ojos, encarando a la mujer que era más baja que él.






