Con las manos metidas en los bolsillos laterales de sus pantalones, Kevin caminó hasta detenerse al lado de la cama.
—¿Cómo sigue el niño? —preguntó la voz profunda.
—Bryan es un chico fuerte —replicó Justine sin mirarlo—. Estará bien.
—¿Has pensado en la oferta que te hice? Me debes setenta mil euros; estoy dispuesto a perdonarte e incluso a darte más dinero.
—Mi hijo no está en venta —respondió Justine con brusquedad.
—Eso no fue lo que insinué —replicó la voz profunda de Kevin—. Te aconsejo