Acepto tu propuesta

La oficina, que normalmente era un santuario de poder y control, en ese momento se asemejaba a un escenario de furia. El implacable director ejecutivo estaba al borde de un ataque.

—¿Dónde diablos está mi abogado? —Su voz se volvió ronca mientras gritaba.

El asistente tragó saliva con dificultad mientras el sudor frío corría por su frente.

—¡Ya viene en camino, señor!

—¿Por qué se está tardando tanto? —Kevin se enfureció.

—Estaba en una audiencia importante, señor.

El señor Harrison ajustó el nudo de su corbata, sintiendo la seda fresca contra la piel cálida de sus dedos. Las venas de su frente palpitaban; su rostro se ponía cada vez más rojo.

Quería reconocer formalmente la paternidad y poner su nombre en el certificado de nacimiento de su hijo de una vez por todas, pero primero, necesitaba que Justine le entregara los documentos originales del niño.

—¿Encontraste a mi ex? —Kevin mantuvo su mirada helada fija en Alessandro mientras preguntaba.

—¡No, señor! —respondió el asistente, tocándose la nariz—. La enfermera del hospital dijo que vio a su exesposa salir temprano del hospital hoy. Parece que aún no ha regresado.

Desde que conoció a su hijo, Kevin se dio cuenta de que su ex nunca se separaba del niño. Esta repentina desaparición era un poco extraña.

—Busquen a Justine —exigió Kevin—. Quiero hablar con ella hoy mismo. ¡Necesito los documentos de mi hijo cuanto antes!

—Pero su viaje está programado para esta tarde, señor —dijo Alessandro después de carraspear.

Kevin entrecerró los ojos al recordar el premio de «Ejecutivo del Año». No tenía ganas de ir.

—Usted confirmó su asistencia —le recordó Alessandro en voz baja.

—¡No voy a ir! —replicó Kevin con vehemencia.

—Si su padre estuviera vivo, estaría muy feliz de saber que usted ganó este premio —dijo el asistente, intentando persuadirlo—. Sería una hermosa manera de honrar al señor Mark Giordano —dijo, mencionando el nombre del padre de Kevin.

Mientras Alessandro hablaba, la mente del CEO recordó la última vez que vio a sus padres. Kevin estaba en una reunión en Italia y prometió encontrarse con ellos en Miami para almorzar, pero cuando llegó al aeropuerto a la mañana siguiente, fue sorprendido por la trágica noticia de la muerte de sus padres. Según el informe forense, el carro perdió los frenos y terminó volcándose en la carretera resbaladiza. Sin embargo, él estaba convencido de que alguien había causado la muerte de sus padres.

Su celular vibró sobre la mesa en el momento menos oportuno, sacándolo de golpe del presente. Kevin miró fijamente la pantalla brillante de su celular. El nombre de Beatrice parpadeó en la pantalla.

«¿Qué querrá ella?».

Emociones contradictorias lo abrumaron, pues sintió rabia, frustración, culpa y dolor, que se mezclaron, dejándolo aún más agotado.

Tenía que recuperar el control de la situación antes de que sus problemas afectaran el negocio familiar.

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Aún en el dormitorio de aquel pequeño apartamento, Justine miró fijamente a Beatrice.

—Acepto tu propuesta —decidió Justine, y luego agregó: —Pero ahora necesito volver al hospital para ver a mi hijo.

—¡Claro que sí! —Con una sonrisa contenida, Beatrice le guiñó un ojo al hombre grande que estaba en la puerta.

Temerosa, Justine dio su primer paso. Mientras cruzaba la habitación, caminó más rápido, pero no tuvo tiempo de llegar a la salida antes de que el matón la agarrara por el cuello. El agarre fue tan fuerte que sus pupilas se dilataron. El aire escapó de sus pulmones, y su rostro se puso más rojo hasta que se desmayó.

—Ya es suficiente; la vas a matar —lo regañó Beatrice.

Ella se dirigió a otra esquina, donde continuó intentando llamar a su prometido, pero la llamada seguía cayendo en el buzón de voz.

—¿Qué hago con ella, señorita?

—No seas estúpido; déjala en la cama y quítale el celular del bolso. —Sus tacones hicieron clic contra el piso mientras se dirigía hacia afuera—. Te espero en el carro; no te demores.

El matón agarró a Justine por detrás y le apretó el cuello. Justine sacudía las piernas mientras luchaba. El aire se escapaba de sus pulmones y su rostro se ponía cada vez más rojo, hasta que perdió los sentidos y se desmayó.

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