En realidad, no tenía ni el derecho ni el lugar para estar ahí.
Al comprenderlo, una sombra de desánimo cruzó su mirada. Abrió la boca para decir algo, pero no tenía defensa.
—Ya entendí.
Mateo bajó la vista. Ya no quedaba nada de su habitual actitud despreocupada y segura. Por fin lo había asimilado: su presencia en ese lugar estaba fuera de lugar. No se trataba solo de quién era, sino de la situación en la que se encontraba.
Si quería visitar a Lorena, tendría que esperar a que los empleados d