En un restaurante de lujo.
Eduardo había reservado un salón privado y, para la ocasión, se había arreglado con esmero. De por sí, era un hombre guapo, pero ese día sus facciones, con un toque exótico, lucían en especial definidas. Toda su apariencia denotaba más esmero de lo habitual.
Sofía lo notó en cuanto llegó.
Por eso, al encontrarse con la mirada insinuante de él, sintió el impulso de marcharse de ahí.
Algo no andaba bien con él.
Ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado la invitación y