Alejandro vio cómo Sofía se alejaba, pero al final no fue tras ella.
Sabía que, en ese momento, ella necesitaba calmarse.
Si intervenía demasiado, solo conseguiría que se enojara más.
Alejandro apretó los puños. Esperó, tenso. Entonces, la puerta del cuarto de huéspedes:
—¡PUM!—
El sonido lo hizo volver en sí.
Finalmente, soltó un largo suspiro y caminó hacia la recámara principal.
Sofía regresó a su habitación sin poder explicarse del todo por qué se sentía tan enojada.
Desde el principio se ha