Jimena López vio la dureza en la mirada de Alejandro y comprendió que él estaba realmente molesto.
Ella chasqueó la lengua y, con aire despreocupado, dijo:
—Bueno, pues hablen tranquilos, ¿eh? No vayan a pelear por mi culpa.
La expresión de Sofía se endureció aún más; resopló con fastidio y sintió el impulso de marcharse de esa casa.
Justo a tiempo para dejarles espacio.
Pero Alejandro seguía sujetándole la muñeca, sin intención de soltarla.
Sofía intentó zafarse sin éxito y dijo con acidez:
—Su