Capítulo ochenta y cinco. ¡Eres la mujer perfecta!
¡Eres la mujer perfecta!
Paula abrió los ojos horas más tarde. Arturo la había convencido de ir a la cama y ella no pudo negarse, había estado en un avión por más horas de las jamás había estado en toda su vida; pero no sabía que necesitaba estar en la cama hasta que puso su cabeza en la almohada y se quedó profundamente dormida en compañía de Arturo y de sus hijos.
—¿Mejor? —preguntó Arturo entrando con una bandeja de frutas y jugos.
—Mucho mejor, gracias —dijo un tanto tímida.
—¿Qué pasa? —le