El reloj marcaba las nueve, y Rubí aún no llegaba. Mis dedos tamborileaban sobre el borde del escritorio, un ritmo irregular que delataba mi impaciencia. Deslicé la mirada hacia el teléfono por tercera vez en menos de diez minutos. ¿Llamarla? No. No puedes. Sería demasiado obvio, demasiado… necesitado.
Traté de distraerme. Observé mi oficina, ese refugio impecable que había creado a mi medida. Las paredes de un gris sobrio contrastaban con el brillo metálico de los detalles en acero pulido. Los