El miércoles amaneció con lluvia.
No una lluvia breve de verano que limpia y se va, sino una lluvia persistente, de esas que cambian el color de una casa entera. Oscurecía los mármoles del vestíbulo, empañaba los cristales del ala norte y convertía los pasillos en lugares más cerrados de lo habitual. Clara trabajó en la habitación azul durante la mañana, con la ventana entornada y el ruido del agua como fondo, y tuvo la extraña sensación de que la lluvia hacía la mansión más habitable. Como si