La ausencia de Leonardo hizo más ruido que sus golpes habituales.
No fue un desayuno sin café traído, ni una ausencia dramática, ni el silencio hostil de los primeros días en la mansión. Fue simplemente que los tres golpes habituales no llegaron a la mañana siguiente, ni al mediodía, ni por la tarde. Leonardo estaba en la casa; Clara podía escuchar sus pasos en el despacho y el sonido ocasional del teléfono, pero él había colocado entre los dos una distancia que no era rabia ni frialdad. Era el