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Capítulo 3: Nunca serás mi esposa

La recepción terminó antes de lo que debería.

No hubo brindis largo ni discurso de familia. Emilio Moretti saludó a los invitados con la eficiencia de quien gestiona un acto público más, y Regina Rivas sonrió con una elegancia que solo se aprende cuando se lleva décadas guardando lo que más duele detrás de una postura correcta. Clara estuvo de pie cuatro horas sonriendo a personas cuyos nombres no conocía, en un vestido que no era suyo, junto a un hombre que no le dirigió la palabra salvo cuando era necesario para la imagen.

Cuando subieron al auto que los llevaría a la mansión, el silencio entre ellos no fue incómodo.

Fue un silencio con bordes.

Clara habría preferido que Leonardo la acusara. Habría sido más fácil sostener el odio si él llenaba el auto con preguntas crueles, con amenazas, con esa frialdad que ya le había visto en el altar. Pero su silencio era otra cosa: una pared lisa contra la que ninguna respuesta podía golpearse. Él no la miraba, y aun así ella sentía su presencia en cada centímetro del asiento trasero, en el espacio que no tocaban, en la distancia demasiado exacta entre sus manos.

Una vez, el auto frenó con brusquedad y el cuerpo de Clara se inclinó hacia adelante. Leonardo levantó la mano como si fuera a sostenerla, pero se detuvo antes de tocarla. El gesto incompleto duró menos de un segundo. Clara lo vio reflejado en el vidrio oscuro de la ventana y lo odió casi tanto como agradeció no haber tenido que recibirlo. Ese era el tipo de hombre que parecía capaz de herir incluso cuando no terminaba de acercarse.

Leonardo miraba por la ventana. Clara miraba sus propias manos sobre el vestido ajeno. Las luces de la ciudad pasaban y se perdían y ella pensaba en la frase de Isabela: la jaula también viene decorada con flores. Pensó que no había imaginado cuántas flores podía haber en una trampa bien construida.

La mansión apareció al final de un camino privado con árboles a ambos lados. Era enorme, simétrica, iluminada con esa luz calculada que hace que los edificios parezcan más fríos de lo que son. Clara bajó del auto antes de que nadie le abriera la puerta. Los tacones de Isabela crujieron sobre la gravilla.

El personal los recibió en la entrada principal. Leonardo siguió caminando sin detenerse para las presentaciones. Clara lo siguió porque no sabía qué otra cosa hacer.

Subieron al segundo piso por una escalera de mármol. Se detuvieron ante una puerta.

—Tu habitación —dijo Leonardo.

No fue su habitación. Era la habitación que habían preparado para Isabela: flores sobre la cómoda, sábanas blancas, un pequeño frasco de perfume sobre el tocador que Clara reconoció inmediatamente porque era el mismo que había visto en el cuarto de su hermana durante años.

Se quedó en el umbral.

—¿En qué parte del acuerdo está esto? —preguntó.

Leonardo se detuvo a dos pasos de ella.

—En la parte que garantiza que ambos cumplimos lo que nuestras familias acordaron.

—Nuestras familias acordaron sin preguntarme.

—Lo sé. —La voz de Leonardo no fue cruel, pero tampoco fue amable. Fue la voz de alguien que ha decidido ser exacto porque la exactitud es su única forma de control—. Y también sé que no eres Isabela.

Clara lo miró.

—Entonces dilo.

—Lo acabo de decir.

—Di lo que realmente piensas.

El silencio duró apenas tres segundos. En esos tres segundos, Clara vio algo moverse en el rostro de Leonardo, un cálculo, una decisión, la misma frialdad que había visto en el altar pero con un filo nuevo.

—Llevarás mi apellido —dijo—. Estarás en esa habitación. Aparecerás donde sea necesario para sostener la imagen de este matrimonio. —Hizo una pausa—. Pero nunca serás mi esposa.

La frase no fue gritada. No necesitaba serlo.

Clara la recibió en el pecho con la precisión de algo diseñado para herir exactamente donde debía. No respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque había aprendido hace mucho que ciertas batallas no se ganan respondiendo de inmediato.

Leonardo giró y se fue por el corredor sin mirar atrás.

Clara entró a la habitación. Cerró la puerta. Se apoyó contra la madera y se quitó los zapatos de Isabela uno por uno. Los dejó en el suelo. Se sentó en el borde de la cama en medias, con el vestido pesado todavía puesto, y por primera vez en todo ese día interminable dejó que la situación la alcanzara sin filtro.

No lloró.

Observó el frasco de perfume sobre el tocador.

Luego tomó su bolso, sacó su celular y escribió un mensaje a su propio correo. Cuatro palabras.

"Nunca serás mi esposa."

Lo guardó con la hora y la fecha.

Si algún día necesitaba recordar desde dónde había partido, ya tenía el punto exacto.

Guardó el celular bajo la almohada y, solo entonces, se permitió mirar la puerta por donde Leonardo había desaparecido. No esperaba que volviera. No quería que volviera. Y aun así, el silencio del otro lado le recordó que acababa de casarse con un hombre capaz de dejarla sola en una habitación ajena después de convertir una frase en condena.

Clara respiró hasta que el nudo de la garganta dejó de quemar. No iba a llorar con el vestido de Isabela puesto. Si iba a romperse, sería con su propia ropa, en su propio nombre, cuando nadie pudiera confundir sus lágrimas con las de otra mujer. Esa fue la primera promesa que se hizo como esposa de un hombre que no la quería: no iba a permitir que también le quitaran la forma de su dolor.

La frase guardada en el correo no era una prueba legal ni una defensa suficiente. Era algo más íntimo y por eso más necesario: la forma exacta de la herida. Clara miró la pantalla encendida hasta que las letras dejaron de parecer una frase y empezaron a parecer una frontera. Tal vez Leonardo creyera que la había condenado con esas palabras; tal vez lo había hecho. Pero también le había regalado, sin querer, el primer registro de lo que ella no debía olvidar nunca: que si algún día ese hombre llegaba a mirarla de otra manera, tendría que caminar desde esa crueldad hasta la verdad, sin saltarse el daño.

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