Celeste llegó sin anuncio a las diez de la mañana con una caja de pastelería y la sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a hacer con ella.
Elena la dejó pasar porque Celeste había aprendido, con la práctica de años, a entrar en las casas Moretti como si fuera una extensión del mobiliario. No pedía. Llegaba. Y cuando llegaba con esa caja en la mano y ese tono particular de voz, casi siempre había algo específico que quería dejar instalado antes de irse.
Clara la encontró en la sala de desayu