Todas las luces de la planta baja estaban encendidas cuando Clara bajó a las dos de la madrugada.
No era una emergencia con alarma. Era algo más extraño: esa luminosidad completa a una hora en que la mansión solía guardar solo las luces de servicio, los pasillos en penumbra y el corredor exterior con su línea de farolas bajas. Todo encendido significaba que alguien había dado una orden, o que alguien había llegado.
Clara se detuvo en el descanso de la escalera.
Abajo podía escuchar voces. No un