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Capítulo 4: La habitación azul

Clara no durmió.

Amaneció sentada junto al ventanal con el vestido de Isabela todavía puesto porque no había tenido la energía de quitárselo y porque, de alguna forma que no quería examinar demasiado, quitárselo significaba aceptar que esa noche había ocurrido de verdad.

A las seis de la mañana escuchó pasos en el corredor. Pasos conocidos, aunque los conocía desde hacía menos de veinticuatro horas: la cadencia deliberada de Leonardo Moretti, el hombre que le había dicho que nunca sería su esposa justo antes de marcharse por ese mismo corredor.

Los pasos no se detuvieron ante su puerta.

Clara esperó hasta que el silencio volvió a ser completo. Luego se levantó, entró al baño y pasó diez minutos bajo el agua fría sin pensar en nada concreto. Cuando salió, se vistió con su propia ropa: unos pantalones oscuros y una blusa que había traído en la maleta pequeña porque nadie le había dicho que traería más.

El vestido de Isabela quedó sobre la cama como una pregunta que nadie había hecho todavía.

Bajó al comedor.

Elena, la encargada de la casa, sirvió café sin decir nada. Clara bebió de pie junto a la ventana, mirando el jardín. La mansión era diferente de día: más fría, más geométrica, con esa elegancia calculada que en la oscuridad parecía imponente y a plena luz parecía simplemente cara.

Emilio Moretti entró al comedor exactamente a las ocho.

No la saludó. Se sentó en la cabecera, tomó el periódico doblado junto a su taza y lo abrió con el gesto de alguien que empieza el día revisando el estado de sus propiedades.

—La prensa ya tiene fotos —dijo, sin levantar la vista del papel.

—Buenos días —respondió Clara.

Emilio cerró el periódico lo suficiente para mirarla por encima del borde.

—Tu actitud va a ser un problema.

—¿Qué actitud?

—Esa. Responder cuando no te han preguntado. Mantener el tipo cuando deberías tener la cabeza baja. —Volvió al periódico—. Necesito que el matrimonio sea creíble. Lo que sientas sobre eso es irrelevante.

Clara dejó la taza sobre la mesa.

Estaba a punto de responder cuando Leonardo entró por la puerta lateral del comedor con la chaqueta en la mano y la corbata sin terminar de anudar. Se detuvo al ver la escena.

Emilio levantó la vista hacia su hijo.

—Le estaba explicando a tu esposa cómo funcionan las cosas aquí.

Leonardo miró a Clara un segundo. No fue una mirada larga. Pero fue lo bastante precisa para que ambos entendieran que había visto lo mismo: la postura de ella, la de Emilio, el periódico usado como distancia y la taza de Clara fuera de lugar sobre la mesa porque ella se había levantado para no quedarse quieta mientras la trataban como un mueble.

—Clara sabe cómo funcionan las cosas —dijo Leonardo. Su voz fue tranquila. No defensiva ni cariñosa. Solo exacta.

Emilio volvió al periódico.

—Asegúrate.

Leonardo terminó de anudar la corbata y se sirvió café sin agregar nada más. Clara retomó su taza. Nadie habló durante los siguientes cinco minutos.

Fue el silencio más pesado de toda la mañana.

Cuando Emilio se levantó y salió del comedor, sus pasos sonaron como una sentencia aplazada, no cancelada. Clara esperó a escuchar la puerta del despacho antes de respirar con normalidad.

—No hables de ella como si fuera un objeto. —La frase de Leonardo llegó desde el otro extremo de la mesa, en voz baja, como si la dijera más para sí mismo que para ella.

Clara lo miró.

—¿Eso fue una disculpa?

—Fue una observación.

—¿Sobre tu padre o sobre ti?

El silencio fue brevísimo.

—Sobre los dos —dijo Leonardo.

Clara no supo qué hacer con esa respuesta. Era demasiado honesta para la persona que la noche anterior le había dicho que nunca sería su esposa, y demasiado pequeña para cambiar algo de fondo. Pero estaba allí, y no podía ignorarla.

Se levantó para irse.

—Clara.

Ella se detuvo sin girarse.

—El vestido de Isabela que dejaste en tu habitación —dijo Leonardo—. Puedes deshacerte de él.

—Ya lo sé.

—Quiero decir que puedes hacerlo sin que nadie te lo impida.

Esta vez sí se giró. Lo miró un momento.

—¿Eso también es una observación?

—Es una condición —dijo él—. La primera de las mías.

Clara asintió despacio y salió del comedor.

De vuelta en la habitación azul, tomó el vestido de Isabela con las dos manos. Lo dobló con cuidado, no con rabia. Lo guardó en la caja que había bajo la cama, donde debía de haber estado desde el principio.

Luego buscó en su maleta su propio pijama, su propio libro y su propia almohada, y los puso sobre la cama.

Estaba guardando el último libro cuando encontró algo que no había estado allí antes. Bajo la almohada, doblado en cuatro, un papel pequeño con una letra que reconoció de inmediato.

Era la letra de Isabela.

Tres líneas en tinta azul, apretadas:

"Si estás leyendo esto, sé que ya sabes lo que pasó. No te fuiste tú; te empujaron. Lo mismo me hicieron a mí. Perdóname por dejarte mi lugar."

Clara leyó la nota dos veces.

Luego tomó el celular, la fotografió y se envió la imagen a su propio correo.

Solo entonces la guardó.

Si Isabela había preparado esa nota, sabía que alguien llegaría después.

Y eso significaba que su hermana había sabido exactamente lo que iba a ocurrir.

Durante unos minutos, Clara no volvió a leer la nota. La sostuvo entre los dedos como se sostiene algo que puede cortar aunque parezca liviano. La frase de Isabela no pedía perdón de verdad; lo sabía. Un perdón escrito antes del golpe no evita el golpe. Aun así, había dolor en esa letra, y Clara detestó sentirlo. Quería enfadarse con su hermana sin matices, convertirla en culpable limpia, en la mujer que había huido dejando a otra en su lugar. Pero Isabela hablaba de haber sido empujada también, y esa posibilidad ensuciaba la rabia, la volvía más compleja, más difícil de usar como armadura. Clara guardó la nota con cuidado. No porque perdonara. Porque entendió que, en esa casa, incluso la rabia necesitaba pruebas para sobrevivir.

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Edward. Mohamed.Al menos espero que Isabella sea buena hermana mayor con Clarita.
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